lunes, 8 de agosto de 2011

Debates de verdad

TVE, Antena 3, Telecinco y, ahora, La Sexta han solicitado a PSOE y PP celebrar debates a dos bandas entre Rajoy y Rubalcaba. La intención de las cadenas de televisión me parece estupenda si no fuese por el producto final que siempre sale de estos encuentros. Si están bien organizados y dejan trabajar a los periodistas (me refiero a los de los medios, no a los de los partidos), todos ganan: las empresas (que ofertan un producto con una audiencia potencial grande), los partidos (que pueden 'vendernos sus mensajes') y los ciudadanos (que tienen la oportunidad de conocer qué piensan hacer con el país los líderes de los dos partidos con más peso).

El problema es que los cara a cara se transforman en el 99% de los casos en formatos aburridos plagados de estrategias de persuasión y de marketing electoral que rompen las bondades de la cadena partidos-medios-ciudadanos. Los dos primeros logran su cometido, pero los últimos se quedan a medias. ¿Por qué pasa esto? Por el formato de los debates, que es determinado, en un porcentaje excesivo, por los propios asesores de campaña de cada formación política (que dejan a un lado la visión de los profesionales de la empresa). Sin la intención de resultar presuntuoso, en una jornada de trabajo normal, podría pasaros el esquema del debate antes de que se celebre, es decir, este tipo de espacios televisivos son tremendamente predecibles, ya sabemos qué dirá cada uno. Los espectadores apagarán la tele sin tener nada claro qué planes tienen para salir de la crisis, se acostarán con las frases hechas y con los eslóganes prefabricados en los laboratorios de los partidos.
 
Lo deseable sería que los medios pensasen en los ciudadanos y marcasen ellos las normas de los debates. En favor de una objetividad mal entendida, los presentadores son tratados como auténticos floreros que no sirven absolutamente para nada. En mi opinión, su papel debe ser más activo en los debates para que no queden cabos sueltos. Pensar que los contrincantes se autorregularán, pensar que entre ellos se buscarán todas las cosquillas, pensar que Rajoy y Rubalcaba explicarán por sí solos las respuestas que los ciudadanos demandan es un error. Por pura estrategia electoral y argumentativa, hay temas que no saldrán o que no se abordarán como los ciudadanos necesitamos. 

La sociedad española exige debates de verdad con un presentador que impida que los políticos se vayan por las ramas, que no respondan a las preguntas o que basen sus discursos en falacias o mensajes vacíos. Si el presentador no pinta nada, si solo está para dar la bienvenida y despedir, mal debate vamos a ver. Evidentemente, los cambios no solo deben afectar al moderador, también al formato en sí mismo (en el actual, las intervenciones de los contrincantes quedan muy encorsetadas y repelen el contraste de ideas). Es realmente asombroso todo lo que esconde un debate, las negociaciones entre los partidos que lo hacen posible tienen en cuenta hasta el más mínimo detalle, pero esos detalles dejan al margen, en muchos momentos, el interés general. 

Queremos debates de verdad, la telegenia, el marketing electoral y las técnicas de persuasión están muy bien (no en vano, son tres ramas que me apasionan profesionalmente), pero el moderador debe adoptar un papel más activo y el formato ha de transformarse. Con esto no quiero decir que el periodista tome parte por uno o por otro, sino que ha de cumplir con su labor fiscalizadora, que pregunte aquello que todos los ciudadanos nos preguntaremos en casa cuando se celebren los debates: ¿cómo ven España? ¿qué quieren hacer con ella? ¿cómo? ¿cuándo? y ¿por qué? No queremos eslóganes, queremos soluciones.

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